¿POR QUÉ NOS ESTÁN MATANDO?

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Por una sencilla pero poderosa razón: quieren disminuir el pulso actual del movimiento social logrado en las regiones y ciudades del país bajo la bandera del humanismo y la dignidad. Este pulso decían es una amenaza para las fuerzas retardatarias porque es un potencial de la oposición para lograr la victoria sobre cargos de gobiernos municipales y departamentales. Tienen miedo de que el país se pinte de morado.

Pero su miedo es para nada novedoso. Es una calca de lo que viene ocurriendo desde 1946 cuando la marejada del pueblo en las regiones se volcaba en una sola voz, la de Gaitán. A él lo mataron y empezó la cacería de líderes, militantes y demás gente inocente que se negaba a aceptar el fascismo como opción política.

En los 60 un nuevo movimiento, esta vez armado se rebelaba en las entrañas de la Colombia profunda y la respuesta fue el bombardeo y el inicio de la doctrina del enemigo interno. En el país nunca hubo pena de muerte, pero esto no fue ningún obstáculo para el fratricidio de las décadas posteriores.

En los 80 los rebeldes quisieron entregar las armas y de su ceno nació un movimiento popular de apellido patriótico que tuvo eco en el pueblo y que congregó masas a las plazas públicas en donde resonaban con fulgor los gritos de unos tales Pardos y Jaramillos. También los mataron y a por lo menos 3.000 de sus simpatizantes.

En los 90 un grupo de jovencitos. Esta vez más citadinos que provincianos también se revelaron por el fraude en las elecciones a la Anapo. De corta pero intensa historia pasaron de ser forajidos desconocidos a ser los precursores de la constitución de un país. Uno de sus líderes fue candidato presidencial y lo mataron, a otros los persiguieron y los torturaron, otros están vivos y son los padres, hermanos y amigos de los líderes que esta misma noche se están llorando en Colombia.

Hoy el ministro del interior se atrevió a decir que es antidemocrático proteger a todos los líderes sociales de Colombia. Una afirmación cínica y cobarde. Más bien debió aceptar que el estado no tiene la capacidad para cuidar de manera efectiva al pueblo o que simplemente no saben qué hacer para detener la masacre. Eso sería más prudente y sensato.

Estos líderes representan el corazón de la política del amor y la paz en Colombia, pero al mismo tiempo son los más vulnerables. Porque su seguridad depende de la voluntad de ministros y presidentes salientes y entrantes negligentes, porque el estado que brilla en la ausencia es incapaz de sostener un acuerdo de paz que se le desmorona a cada minuto, porque no se ha aceptado la alianza incestuosa entre la política y el narcotráfico, porque el pueblo indolente no llora a sus compatriotas y sufre por pasiones pasajeras.

Alejandro Betancourth
Sociólogo y ciudadano colombiano

Un comentario

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